miércoles, 23 de junio de 2010

La juventud en el seno del proyecto nacional

Por Sebastian Sanchez


Si hablamos de cuál es el rol de la juventud en la actividad política y si queremos pensarnos como sujetos políticos transformadores, debemos vaciarnos de las nociones noventistas que indefectiblemente nos atraviesan y despolitizan. Como ejercicio, propongo revisar los anaqueles de la historia y anclarnos en la generación de los 70. De ah remontarnos a la instalación (no origen) de las reivindicaciones que ellos enarbolaban como apotemas de la construcción de un proyecto nacional y luego, sumergirnos en un terreno un tanto más complejo, el de poder identificar aquellos factores que caracterizaron la solidez y efervescencia de las convicciones políticas y sociales que supieron poner en jaque al poder hegemónico que negaba al pueblo y a la Nación.

A partir de 1945 se desarrolla la construcción del más claro proyecto nacional, gestado desde el poder y sustentado por las mayorías. Des-gastado por los poderes económicos y los intereses extranjeros fue despojarlo de la conducción nacional con un golpe de estado en 1955. Tras 16 años de reacción de esa clase hegemónica que se resistía a reconocer que una estrategia política lo había acorralado, cedió a la fuer-za histórico-política su desarrollo tardío, su potencial transformador: El movimiento peronista se instala por sobre todo como un eje político-cultural en el pueblo proscripto. Cuestiona subterráneamente el orden establecido, con una defnida perspectiva histórica de resistencia, y a la vez se abre como el fomento de las reivindicaciones políticas de las nuevas generaciones estigmatizadas por los sucesivos golpes de esta-do y por la reordenamiento hegemónico mundial de los imperios dominantes y sus respectivas resistencias.

El recuerdo activo de las realizaciones de justicia social y afrmación nacional labrado en la etapa 1945-1955 que sustentara la histórica resistencia popular contra los regimenes de la dependencia, confuyó con una multitudinaria

juventud, propugnando el retorno de Perón y la puesta en marcha de un ideario de liberación nacional y social.

Las movilizaciones y tomas de barrios se dieron a lo largo del país. Ahora bien, el estudiantado nunca fue vanguardia ni encabezó ninguna revolución, en el mejor de los casos acompañó, pero nunca encabezó una revuelta. Según la Antropóloga (UNR) Silvia Bianchi, la universidad hasta el año 66 vivía en una isla democrática de cristal. La conciencia universitaria comienza realmente a pensarse dentro de un contexto de país gracias a Onganía.

A partir de la represión del dictador los jóvenes universitarios se encuentran con el sujeto popular que hasta ese momento era pensado en términos del obrero ingles o de las contradicciones de las relaciones de producción de la Europa capitalista. El sujeto real de carne y hueso que iba junto con ellos a las marchas y que era peronista. Su identidad era clara y lo que estaba haciendo era algo que tenía claro y básicamente tenia que ver con el retorno de Perón.

En ese momento la universidad se da cuenta de que vivían en una nube alejada de los verdaderos confictos. “En ese momento irrumpe el proceso político y social que se estaba dando por afuera y era de alta confictividad y de alta combatividad del movimiento obrero y de la resistencia peronista” explica la licenciada.

Siguiendo a Bianchi, esta coyuntura “produce un aceleramiento del proceso universitario y de la participación masiva del estudiantado con esta primera vez que se da cuenta que su lucha, su manera de pensar la sociedad y un proyecto de transformación tiene que ver con el movimiento obrero”

La transmisión política estratégica de la resistencia, la pertenecía cultural, la universidad “realmente” politizada, los referentes barriales activando en territorio: generación de los 70. Esta juventud entendía que en la palabra “pueblo” yacía la usina de conocimiento de donde extraer las reivindicaciones que conformen un proyecto popular y los intereses de la nación, es decir, un proyecto nacional que los integra como sujetos necesarios para la transformación. Pueblo, en el imaginario de los jóvenes, es una idea superadora a la de comunidad y a la de sociedad. Remite a una “comunidad politizada” atravesada por los intereses económicos, subjetivada por la conciencia de los colectivos populares mayoritarios y templada por los espasmos históricos.

Momento bisagra: en el año 73 se da el despliegue movimentista, la irrupción de los militantes universitarios en territorio y la articulación con los dirigentes barriales. Este proceso es la defnición de un pueblo categórico que da respuestas a una clase de poder hegemónico. Tomar un barrio en este contexto expresaba acciones políticas concretas movidos
por una “voluntad” cultural identitaria superior que resplandecía en pleno pasaje de generación a generación irrumpiendo como emergente político en el momento en que se da el cambio de aceleración o eclosión de los procesos políticos truncos (sucesivos golpes de estados, proscripción de las mayorías, clandestinidad política, etc) para engendrar nuevas formas y modalidades políticas como fruto de esa misma raíz confictuada y apasionada.
Según señala Bianchi la espontaneidad es una experiencia teórica que ya tiene el barrio. Es la transmisión oral de padre a hijo. El estudiante no tiene esa experiencia ni esa claridad. Esta como empezando a mirar recién que es este país real, este proyecto.
Empieza una experiencia muy primaria. “Hacer una asamblea en la universidad es una cosa. Ahora, empezar a pensar que la universidad tiene que estar al servicio del movimiento obrero eso recién se empieza a hacer”.
En el militante barrial la acción política es concreta y “cierta” en la medida que
directamente se ejecuta en el plano de la transformación social, actuando directamente sobre el emergente social no tiene agua, colocamos el agua – Predomina la praxis. En este sujeto hay una pertenencia simbólica de lo cultural que le permite reaccionar desde el “nosotros” (ej: trabajadores, pobres, peronistas) en relación a lo establecido (ej: patrón, miseria, dictadura).
Por eso señala Casullo “las masas proponen su existencia política y a partir de esto
manifestan, superan y alteran sus contenidos culturales de resistencia, cuestionando y alternando las formas de lucha”. Siguiendo a Cook “la clase trabajadora atravesada por las reformas peronistas (1945-1955) no tendrán instrumental teórico ni recetas intelectuales que suplanten lo que genera el pueblo desde sus expectativas”. Cook habla de la emergencia de dirigentes desde el seno de la política del Movimiento
Nacional, de su relación mas con las bases que con el “exitismo político” que caracterizaron a las organizaciones políticas de los años noventa.La juventud tiene que buscar la relación con el conjunto popular, distanciándose del mito de la certeza ideológica-teórica de la vanguardia iluminada tanto como de los tecnócratas y politiqueros que se enquistan en el chillón arte de la dialéctica discursiva.
Debemos pegar latigazos de realidad a los discursos, forzar las categorías políticas al chispazo que hacen cuando entran en contacto con los contextos mas crudos. Dejar el (necesario) pragmatismo a los que están más viejos y hacerse dueños de la praxis.
Seamos la juventud alegre de la que hablaba Jauretche, que sepa leer y delimitar el campo nacional y popular. Sumergirnos en él. En los poros y recovecos de las atrocidades
neoliberales y los resabios menemistas, para enquistarnos como eje y motor de la construcción del Proyecto Nacional en este momento histórico que rige el pulso de America Latina.



No hay comentarios:

Publicar un comentario